La resiliencia como acto político en la UAGro
Por: Alitzel Vera / Docente, sobreviviente, constructora de camino
En el entorno académico, donde se supone que impera la
razón y la equidad, las
mujeres a menudo se encuentran navegando un laberinto
de estereotipos y
estructuras de poder arraigadas. Mi trayectoria como
docente de la Universidad
Autónoma de Guerrero (UAGro) es prueba de que el
camino femenino en
espacios tradicionalmente masculinos no es una línea
recta, sino una constante
reivindicación de derechos. Esta no es solo una
historia de supervivencia, sino un
testimonio sobre cómo transformar la adversidad
institucional en un motor de
cambio colectivo.
El primer frente: Legitimidad académica
Mi camino comenzó con un desafío a mi legitimidad
profesional. Durante mi
examen de oposición para ingresar a la planta docente
de una facultad de
ciencias, enfrenté un sínodo que intentó condicionar
mi desempeño mediante
tratos denigrantes y desviaciones de la convocatoria.
Lejos de aceptar la
imposición o el silencio, activé los mecanismos de
defensa disponibles. Denuncié
la irregularidad ante la comisión mixta, logré la
reprogramación de mi evaluación y
aprobé con excelencia.
Este primer triunfo no solo aseguró mi plaza, sino que
estableció un precedente: la competencia académica de
las mujeres no está
sujeta a validaciones arbitrarias.
De la defensa personal a la protección colectiva
Una vez dentro de la institución, la violencia
evolucionó. Ante situaciones de acoso
por parte de colegas, comprendí que el silencio era
cómplice. Al denunciar estos
hechos ante instancias estatales de protección a la
mujer y recibir apoyo jurídico
universitario, mi caso evidenció un vacío legal: las
normas internas de la
universidad protegían relaciones jerárquicas
(jefe-empleado), pero dejaban
desamparadas a las trabajadoras frente a la violencia
entre pares.
La consecuencia de mi denuncia trascendió lo
individual. Mi lucha impulsó la
creación de nuevos marcos normativos dentro de la
universidad, diseñados
específicamente para proteger a las mujeres de la
violencia laboral entre colegas.
Lo que comenzó como una defensa propia, se convirtió
en un escudo para futuras
docentes y alumnas, demostrando que la justicia de un
caso puede reformar el
sistema.
Resistencia sindical y presión política
Mi determinación fue puesta a prueba nuevamente al
incursionar en la dirigencia
sindical. En un entorno donde los grupos de poder
intentan monopolizar la toma
de decisiones, mi postulación fue recibida con presión
y amenazas verbales. La
narrativa imperante sugería que la obediencia era
preferible a la defensa de los
derechos laborales.
Negocié desde una posición de firmeza, logrando
integrar una planilla única que
ganó la elección. Como secretaria de Organización, mi
gestión se centró en la
transparencia del padrón de miembros y la defensa del
Contrato Colectivo de
Trabajo. Cuando la discrepancia sobre las cláusulas
laborales derivó en una
campaña de desprestigio en mi contra —utilizando
calificativos sexistas y
falsedades sobre mi historial académico—, mi respuesta
no fue el repliegue, sino
la exposición de la verdad.
La institucionalización del silencio
El conflicto escaló cuando la violencia derivó en
acoso sistemático, llegando a
involucrar a la comunidad estudiantil como instrumento
de presión. Ante la
vulnerabilidad y el riesgo, acudí a un Centro de
Justicia para las Mujeres,
obteniendo medidas preventivas y respaldo psicológico.
Sin embargo, la respuesta institucional reveló una
paradoja dolorosa: al utilizar mis
redes personales para denunciar el acoso y defender mi
integridad, el área de
igualdad de género a través de la Defensoría de los
Derechos Humanos
Universitarios emitió una amonestación en mi contra,
priorizando la
susceptibilidad de los presuntos agresores sobre la
seguridad de la víctima.
Frente a este intento de censura, me amparé en
criterios de la Suprema Corte de
Justicia de la Nación (SCJN), recordando que las
cuentas personales no son
extensiones de la oficina pública y que la libertad de
expresión es un derecho
humano fundamental, especialmente cuando se ejerce
como defensa ante la
violencia. Mi postura es clara: las instituciones
educativas no son estados de
excepción donde la Constitución deja de aplicar.
Un legado de transformación
Hoy, no me defino por las agresiones recibidas, sino
por la capacidad de convertir
ese dolor en propósito. Reconozco que la UAGro tiene
una deuda histórica con
sus mujeres y que la mentalidad excluyente en las
áreas técnicas debe
erradicarse.
Mi mensaje a la comunidad es contundente: la
resiliencia no es solo aguantar, es
actuar. Mi dolor se convirtió en fuerza. Mi miedo, en
coraje. Mi soledad, en
comunidad. Me he consolidado como un referente no por
ser invulnerable, sino
por demostrar que la verdad, respaldada por la ley y
la ética, rompe las cadenas
del abuso de poder.
Esta crónica no termina con un oficio administrativo.
Continúa en cada mujer que
decide no callar, en cada norma que se ajusta para ser
más justa y en la certeza
de que la verdadera transformación ocurre cuando, al
sanar nosotras mismas,
ayudamos a sanar el entorno. Esta es mi voz. Esta es
la voz de la resiliencia. Y no
se apagará.

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