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Leer en Acapulco: entre el poder y el querer






Pensar lo público
Por: Emireth Bollás Mendoza

Muchas veces, el hábito de la lectura se percibe como una práctica vinculada a valores como la disciplina, la constancia y la autonomía, es decir, como una decisión individual que depende únicamente de si una persona quiere leer o no.

Sin embargo, aunque esta idea no es del todo errónea, resulta limitada: leer no se explica solo desde la voluntad, sino también desde condiciones sociales, educativas y estructurales que influyen tanto en la posibilidad como en el deseo de hacerlo.

Hablar de la lectura en nuestra ciudad implica considerar el acceso real a los recursos que la hacen posible. ¿Qué tan disponibles están los libros? ¿Existen espacios apropiados y accesibles en distintos puntos de la ciudad? ¿Hay condiciones de seguridad y movilidad que permitan trasladarse a ellos? Todas estas interrogantes impactan directamente en la posibilidad de realizar esta práctica.

No se trata solamente de querer leer, sino de qué tan permisible es el entorno para hacerlo. Más que una falta de interés general, en muchos casos se trata de la existencia de posibilidades reales dentro de la vida cotidiana.

En ciudades donde las jornadas laborales pueden ser extensas o las condiciones económicas complejas, desarrollar el hábito de la lectura puede volverse una tarea secundaria. En ese contexto, leer difícilmente ocupa un lugar prioritario dentro de las actividades diarias.

Desde esta perspectiva, resulta pertinente considerar cómo se construyen los entornos que hacen viable y accesible la lectura para distintos sectores de la población, así como reflexionar sobre el papel que tienen las instituciones en la generación de estas condiciones.

Pensar la lectura desde lo público no implica solo promoverla, sino reconocer las condiciones que la hacen posible. Solo así deja de entenderse como una expectativa individual y puede convertirse en una práctica viable para la comunidad.


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