Acapulco: Cuando el mar advierte y las olas no perdonan
PENSAR LO PÚBLICO
Por: Emireth Bollás Mendoza
Las vacaciones de Semana Santa son fabulosas cuando el sol de Acapulco te toca la piel. Algo ocurre en ese primer contacto de los pies con la arena: una certeza breve de estar en el lugar correcto. En pareja, en familia o con un grupo de amigos, todos buscan lo mismo: entrar al mar y quedarse ahí el mayor tiempo posible.
En el mar la vida es más sabrosa.
Pero no todo está dicho en la superficie. A veces, el mar también advierte, aunque no siempre se le escuche.
Las advertencias existen. No están escondidas, no son nuevas. Con cada temporada se repiten los mensajes, las banderas rojas atravesadas en las playas —en Diamante, en Costera, en Pie de la Cuesta—, en lo que se dice una y otra vez desde quienes vigilan el mar.
El riesgo ha sido nombrado suficientes veces como para no ser ajeno.
Y, sin embargo, las muertes están.
¿Por qué la advertencia no alcanza?
¿Por qué la confianza sobra?
Cada temporada es lo mismo: las advertencias se hacen y las historias se repiten.
Las recomendaciones siguen. La indiferencia también. El egoísmo, desinterés, exceso de confianza tiene un costo. Cuesta vidas.
El mar no es de nadie. Entrar a él -sobre todo cuando hay riesgo, como el mar de fondo- no es tan libre cómo se cree. No es una decisión aislada, se da en un espacio que habitamos en comunidad.
Cómo actuamos ante una advertencia refleja quiénes somos. Respetar el mar no es una opción: es el reconocimiento de su fuerza, el cuidado a quienes lo comparten y la conciencia de que cada acción deja una huella.
Las recomendaciones están ahí.
Las olas no perdonan.
¿Cuántas vidas más nos harán falta para respetarla?


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