Dos caras de una misma moneda
Por: Emireth Bollás Mendoza / Comunicóloga
La vida es un proceso eterno. Y con el tiempo, cada
acción, cada palabra, termina mostrándonos quiénes somos.
Febrero se adelantó a marzo y me mostró la revelación
de dos procesos que estoy viviendo con amor, compromiso y pasión. Procesos que
no son tan distintos a los que muchas mujeres habitan cada día.
Pienso en una versión temerosa de mí.
Una versión que me habitó.
¿En cuántos momentos de la vida, después de un
fracaso, hemos sentido que existen experiencias para las que tal vez nunca
estaremos listas? ¿Cuántas veces nuestra voz interior imagina escenarios
catastróficos?
Esa voz ya me había dejado claro que existía un
antecedente: un momento en el que algo que pudo salir bien, salió mal. Como
todas, viví días con la sensación de haberle fallado a las personas más
importantes de mi vida, incluida yo.
A pesar de ello, decidí dar el paso. Con el miedo a
fallar otra vez, pero con la determinación de que, aunque el escenario era
parecido, no estaba dispuesta a ser la misma.
Intentarlo de nuevo, en un mundo donde los errores
pueden pesar, no es sencillo. Intentarlo fue un acto de valentía silenciosa.
Fue la determinación de no quedarse en el mismo lugar. Fue negarse a que los
tropiezos definieran mi historia, a que definieran tu historia. Nuestra
historia.
Ha sido un semestre vivido a ras de piel. Con días
cansados, con días frustrantes, con momentos en los que la salida fácil parecía
la más tentadora. Pero al final de esta primera etapa llegó la revelación.
En las últimas actividades del semestre entendí algo
que no se aprende en los libros: volver a intentarlo transforma. No de
inmediato, no de forma perfecta, pero sí profundamente.
Días después, en un espacio más íntimo y cotidiano,
llegó otra revelación. Un momento que muchas mujeres habitamos: sin personas,
sin escenarios, sin ruido. El instante en el que estamos frente a nosotras
mismas y comprendemos que la constancia también deja huella, incluso cuando el
resultado tarda en mostrarse.
Hay momentos clave que cambian la vida, y este segundo
momento cambió la mía.
No fue una decisión meditada, no fue un cambio que
pudiera anunciarse. Esta vez no hubo pasado que incomodara, hubo futuro que
emocionara. Ese palpitar que se siente aventurarse cuando no hay un antecedente
de error, la emoción de sentir que será sencillo.
La decisión de llevar a mi cuerpo —y no solo a mi
mente— a otro nivel.
Un proceso de tropiezos y aprendizajes diarios.
Medio año de constancia silenciosa.
No fue inmediato ni espectacular.
Fue lento, silencioso, constante.
Durante medio año he cambiado la forma en la que me
habito. A raíz de una elección que hice muchas cosas se han modificado.
Se transformaron mis ciclos de descanso, mis
elecciones alimenticias, incluso mis excesos. El gimnasio y el running dejaron
de ser actividades y se convirtieron en una filosofía de disciplina que me
llevó a otros espacios, internos y externos.
Y de repente el resultado apareció… Una foto
cualquiera, tomada sin expectativa, que me enfrentó a algo que no había hecho
consciente: un cambio que se construye en lo invisible.
Me vi distinta.
No solo más ligera, sino más consciente.
Hoy me sé distinta: decidida, enfocada.
Veo la evidencia de que intentarlo, o volver a
intentarlo —en cualquier dimensión de la vida— siempre vale la pena.
Dos procesos. Dos caras.
La misma moneda: la mujer que decidió inventarse y
reinventarse.
Y hoy camino con ellas, abrazándome,
como quien por fin aprende a habitar su propia luz.

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