Escribir también es defenderse
Por: Fabiola Jocelyne Vicec Brito / Licenciada en Comunicación
y Administración de Empresas y Servidora Publica
Hay silencios que no nacen del miedo, sino del cansancio
El cansancio de tener que demostrar todos los días la
capacidad profesional, la dignidad y el derecho a trabajar en espacios libres
de violencia.
El cansancio de callar comentarios, actitudes o
decisiones que invisibilizan, minimizan o desacreditan a las mujeres dentro de
los entornos laborales.
Muchas veces, las agresiones no llegan en forma de
gritos.
Llegan disfrazadas de indiferencia, de burlas
normalizadas, de puertas cerradas o de la falta de empatía institucional,
frente a situaciones que lastiman profundamente, escribir desde su propia
realidad.
Porque escribir no siempre es literatura; a veces es
sobrevivencia.
A veces es la única forma de nombrar aquello que
durante mucho tiempo se pidió soportar en silencio.
Las mujeres que resisten, que cuestionan, que no se
callan, que luchan contra el sistema, que reflexionan y que buscan transformar
o cambiar experiencias difíciles en conciencia colectiva.
Porque la violencia laboral no siempre deja evidencia
visible. No ocurre frente a testigos ni en espacios abiertos. Sucede en
pasillos, oficinas cerradas, decisiones administrativas, comentarios
disfrazados de autoridad o silencios institucionales que pesan más que
cualquier agresión directa.
Donde denunciar implica exponerse.
Donde hablar significa quedar marcada.
Donde levantar la voz termina convirtiéndose,
irónicamente, en la falta más grave.
Y cuando una mujer decide no callar, comienza otra
batalla.
La desacreditación.
La duda sembrada sobre su palabra.
El aislamiento sutil.
Las miradas cambian.
Las puertas que dejan de abrirse.
De pronto, quien denuncia deja de ser víctima para
convertirse en problema.
Se cuestiona su carácter, su intención, su estabilidad
emocional o incluso su desempeño profesional, mientras las estructuras
encargadas de proteger prefieren esperar, omitir o administrar el conflicto
hasta que el tiempo desgaste a quien decidió hablar.
Porque escribir se ha convertido para muchas mujeres
en lo único que todavía no pueden quitarles.
La palabra como defensa.
Como memoria.
Como prueba de que lo vivido existió, aunque alguien
intente minimizarlo.
Historias que recuerdan que la violencia laboral y de
género no siempre se ve, pero se siente, se vive y deja huella.
Porque cuando una mujer escribe, no pide permiso:
reclama su lugar.

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