Las reglas del asador
Por: Liana
Pacheco / Licenciada en Administración de Empresas y escritora por
pasión
Durante mi
infancia crecí escuchando la frase: “un hombre siempre es indispensable”,
dicha por mi
madre y mi abuela, las mujeres que me criaron. Mi abuela se casó a los 18
años, al poco
nació su hijo, cuando éste no cumplía ni un año, su marido cometió un
crimen y huyó;
mi abuela no lo volvió a ver y tuvo que enfrentarse a la vida sola, con un
hijo a
cuestas. Mi madre únicamente ha tenido una relación sexo-afectiva con un
hombre,
mi padre:
trece años mayor que ella, pero ejerció su papel de pareja y padre a medias,
siempre que él
pudiera librarse de su esposa e hijos legítimos.
Mi infancia transcurrió en los 90’s, época
alejada del auge tecnológico y de información;
mis días
favoritos eran los domingos, cuando visitábamos a la familia de la hermana de
mi
abuela: “tía
Bertha” la llamábamos. En el patio de su casa, a las niñas y niños nos
mandaban a
jugar al patio; las mujeres asaban carne, chiles y cebollas en el anafre,
mientras que
los hombres prendían la grabadora y pasaban de mano en mano las
cervezas. En
una de aquellas visitas ocurrió algo que se grabó en mi conciencia.
Yo estaba
junto a mi madre, cuando se le acercó llorando la esposa de Cirilo, uno de los
hijos de la
tía; no recuerdo el nombre de ella, pero me recordaba a los dibujos de las
ninfas en mi
libro de la escuela: rostro regordete, piel blanca, cabello sujetado en una
trenza que
colgaba al lado de su cuello.
–¡Cirilo me
pegó! –Dijo frente a mi madre. Levanté la mirada y vi la mancha roja en su
mejilla–. ¡Es
que se me reventaron los chorizos al asarlos!
Quedé perpleja
y conmocionada, honestamente no por el llanto de la esposa-ninfa, sino
por la
causa: “Me pegó porque se-me-re-ven-ta-ron-los-cho-ri-zos”.
Esa fue la
primera vez que me di cuenta de la vulnerabilidad de mi persona, por ser
mujer, de la
facilidad con que podría ser agredida.
Aunque, yo no
era ajena a la violencia, muchas veces había atestiguado los golpes de mi
padre a mi
mamá. Golpes que, en esa infancia, tenían una torcida justificación: si mi
madre levantó
la voz, porque miró al hombre que acababa de pasar a su lado; pero…
¿golpear a una
mujer por no cocinar bien los chorizos en el asador?
El incidente
pasó desapercibido para los demás familiares; mi madre más que consuelo le dijo
que se calmara, que al rato se le pasaba el enojo a su primo. La tía Bertha la
reprendió,
dijo que debía estar atenta de la carne en el asador. A la hora de comer,
tampoco hubo
mención de lo sucedido; la esposa-ninfa colocó el plato frente a su marido:
tortillas
recién hechas y un par de chorizos, perfectamente asados con la piel intacta,
Cirilo sólo
empezó a comer con gula y mientras él reventaba la piel de la carne con un
tenedor, sentí
un enojo arrebatante e inusual, el rostro golpeado de la esposa-ninfa, la
indiferencia
de él; “si tanto le gusta la carne de un modo, por qué no la prepara usted en
el
asador” fue lo
que tenía ganas de decirle, pero siquiera pensarlo era absurdo; en mi casa
se solía decir
“tú na’ más observa y calla”.
Con el paso de
los años, los domingos de visitar a la tía fueron cada vez menos. Pero un
día, la
esposa-ninfa visitó inesperadamente a mi abuela. Igual que aquella vez: iba
llorando, el
motivo era que su marido la había abandonado por su amante, una joven que
además, era
ahijada de ambos. La esposa contó que le suplicó, pero nada lo hizo cambiar
de opinión y
ella tuvo que enfrentar su nueva realidad. Todo en esa mujer evidenciaba el
genuino dolor
por su pérdida, quizá en ella sobrevivía un poco de amor por el único
hombre en su
vida, el padre de sus cuatro hijos, el esposo que sostenía las finanzas de
ese hogar.
Fue ahí el
instante en que caí en cuenta de cómo un hombre se había apropiado de la
existencia de
una mujer, ver cómo una simple decisión de él derrumbaba todo el mundo
de ella.
En la dinámica
familiar, aunque veíamos con frecuencia esta realidad de mujeres
abandonadas o
golpeadas, el “mantra” seguía repitiéndose.
–¿Para qué?
–cuestioné por primera vez, con la inquietud de la pubertad–. ¿Para qué
necesito a un
hombre?
–Para que te
acompañe. Te cuide, te ayude, te provea –respondió mi abuela.
«Te cuide…Te
cuide…» Sus palabras hicieron eco, “tengo 14 años, voy y vengo sola de la
escuela, creo
que estoy aprendiendo a cuidarme sola”, pensé, «¿Es necesario un hombre
para eso?»
Sin embargo, a
pesar de la contradicción en este planteamiento: “Necesito un hombre
para que me
cuide; sin embargo, si yo no sé cocinar los chorizos en el asador, eso
justifica a él
para romper el pacto de cuidado y me golpee”, desde la adolescencia me
esforcé en
encontrar y conservar un hombre. En retrospectiva, este esfuerzo no fue
tanto
como el que
puse en otras cosas, como mi carrera laboral o el aprendizaje en la escritura.
Al final,
algunas de mis experiencias amorosas han sido material de inspiración para mi
trabajo
literario. Como este texto, que al desarrollarlo me hizo pensar en lo cerca que
estuve de
vivir mi propia versión de “poner los chorizos en el asador sin
reventarlos”.
A inicios de
mis 30 años, me fui a vivir con un hombre, a pesar de que teníamos poco de
conocernos. Un
día me pidió que planchara su pantalón; como yo no plancho ni mi ropa,
lo hice como
pude. En cuanto se lo puso, reclamó que las líneas de planchado estaban
chuecas; lo
miré e instintivamente reí al ver lo mal que había quedado, pero la mirada fría
de él me hizo
callar y la piel de mi nuca se erizó, al final no dijo nada más y se fue a
cambiar en
silencio; la relación duró 4 meses.
A veces es un
trozo de carne o una prenda, pero siempre la culpa de la violencia se
atribuye a
nosotras.
Hubiera
querido decirle a mi abuela, antes de que muriera, que no, un hombre no es
indispensable;
incluso, a veces como dijo Serena Joy en la serie “El cuento de la
criada”: “Los
hombres arruinan las cosas”. Quizá mi abuela me aconsejaba eso para
librarme de la
complejidad de ser una mujer sola, pero llevo toda la vida siendo eso:
“soltera” y no
es tan malo.
A un paso de
entrar a la cuarta década, tengo la certeza de ya no desperdiciar mi energía
en conquistar,
lucir, cambiar y ceder para retener un hombre. Sigo sin saber planchar una prenda
y cuando me toca cocinar chorizos, disfruto reventarlos con la punta afilada de
un cuchillo.

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