Feminismo: entre el auge y el cansancio
Por: Janiseli González - Defensora y acompañante feminista, integrante de Raíces Libres del Sur.
El feminismo es la revolución que cambiará el mundo.
Recuerdo mucho haber leído
esa frase en mis inicios en este camino, y lo creo; al
menos es esa utopía que aún
me mueve en este andar. Como distintas autoras lo han
dicho, el feminismo es una
fuerza transformadora que puede cambiar el mundo,
porque cuestiona toda una
estructura que, principalmente oprime y precariza a
las mujeres para sostenerse,
pero también produce un sistema extractivista que daña
nuestros territorios y crea
una jerarquía social donde solo unos pocos tienen el
poder.
Pero si el feminismo puede producir este gran cambio
social, ¿por qué hay menos
participación en las marchas del 8M? ¿Por qué hay
menos indignación o reacción
ante los feminicidios y desapariciones? ¿Por qué hay
menos mujeres jóvenes
politizando o participando activamente en la defensa
de sus derechos? Tal vez
puede ser solo mi percepción, al menos en este estado
-Guerrero-, pero ¿qué está
ocurriendo?
Tal vez no se trata de una sola causa, sino de una
combinación de factores. El
feminismo logró instalarse con fuerza en el debate
público, pero esa misma
visibilidad convive hoy con procesos que pueden estar
debilitando la participación
colectiva.
No hace tanto tiempo se escuchaba con mucha fuerza
hablar sobre la “4a ola del
feminismo en México”. Veíamos grandes protestas en las
calles, incluso en
ciudades y municipios donde nunca antes las mujeres
habían tomado el espacio
público. Hoy parece ocurrir lo contrario.
A muchas nos tocó vivir este boom feminista, pero si
reflexionamos, las ahora
jóvenes no vivieron ese auge, sino que el tema ya se
encontraba instalado en el
debate público. Para muchas de ellas el feminismo ya
no apareció como una
irrupción política en las calles, sino como algo que
ya estaba ahí: presente en redes,
en la conversación pública o incluso en el discurso
institucional, algo ya dado.
Podríamos entonces pensar en distintas cuestiones que
ayuden a entender esta
baja participación. Empecemos por la continua
normalización de la violencia —
contra las mujeres, pero también de la violencia
generalizada vinculada al crimen
organizado—. Es real que las desapariciones y
feminicidios siguen en aumento;
esto se ha agudizado y pareciera ser, en algunos
casos, una reacción ante la
amenaza que representa para ciertos sectores el
cuestionamiento de las jerarquías
existentes. Es así que, cuando la violencia se vuelve
parte del paisaje cotidiano,
deja de provocar la misma indignación social.
Pero ¿por qué, a pesar de ver tanto, no reaccionamos?
Se habla de una fatiga moral o fatiga de la
indignación. Estamos constantemente
bombardeados de tragedias; hay un agotamiento
emocional, demasiados estímulos
negativos donde incluso ignorar puede convertirse en
un mecanismo de defensa. Al
mismo tiempo, aparece la sensación de impotencia
frente a problemas tan grandes
que nos sobrepasan. Pareciera no haber solución o
sentimos que no tenemos
injerencia en ello, lo que termina provocando un
estado pasivo frente a las tragedias
o, en el mejor de los casos, un activismo reducido a
un “like” o a compartir en redes.
Por otro lado, también se ha analizado esta creciente
ola de conservadurismo entre
los jóvenes: desde la estética en el vestir y actuar
—clean look, pilates girl, beige
mom— hasta el regreso a legitimar roles de género y la
familia tradicional. ¿Qué
nos dicen algunas teorías? Que puede tratarse de una
respuesta ante la
incertidumbre. Frente a las crisis que atraviesa el
mundo, nuestra mente busca
estructura y guía; buscamos estabilidad y orden en la
vida, y estas ideas
conservadoras parecieran traerlo consigo: algo
conocido, algo establecido, donde
se sabe hacia dónde ir y a qué aspirar.
Este imaginario también se ve reforzado por distintos
el contenido en las redes
sociales donde constantemente aparece un ideal
aspiracional de vida que
difícilmente la mayor parte de la población alcanzará.
En ese contexto cultural, en
algunos casos se generan rechazo hacia lo que se
identifican como ideas “progres”.
Paradójicamente, este año se percibe un aumento del
purple washing. Las
instituciones siguen sin entender su papel y nos
llenan de discursos simbólicos sin
cambios estructurales; incluso adoptan el lenguaje de
las colectivas, pero se trata
solo de un uso selectivo de valores feministas.
Claro que es correcto conmemorar, pero sería mucho más
útil abrir mesas de
diálogo donde realmente se escuchen las peticiones,
donde las autoridades asuman
su responsabilidad y brinden justicia a las víctimas.
También es necesario reconocer
el aumento de la violencia y los feminicidios, no como
un simple fallo, sino como un
diagnóstico claro de la realidad desde el cual podamos
avanzar. Necesitamos que
estas jornadas sirvan para plantear políticas públicas
y acciones realmente
enfocadas en un cambio, donde participemos todas
aquellas involucradas y no solo
se construyan respuestas desde la ignorancia de un
escritorio.
Sabemos que la realidad es compleja. Los sistemas
sociales tienden a
autorregularse, por lo que no adoptan necesariamente
transformaciones
estructurales, sino que muchas veces adaptan el
feminismo a su propia lógica.
Todo esto despolitiza y también puede generar una
falsa sensación de logro, como
si todo estuviera ya resuelto. Es común escuchar que
“ahora las mujeres tienen más
derechos”, justamente por una mayor visibilización en
narrativas que muchas veces
se quedan solo en palabras, o en acciones afirmativas
que terminan siendo
paliativas. Sabemos que la realidad no es así. Hay
avances, no podemos negarlo,
pero estamos lejos de resolver lo que nos aqueja.
Más bien, todo esto provoca que la lucha se vacíe de
sentido y reduzca su potencial
disruptivo; hay una cooptación del feminismo.
Finalmente, a esto se suma otro fenómeno que atraviesa
no solo al feminismo sino
a la sociedad en general: la creciente
individualización. Vivimos en una época donde
constantemente se nos repite que salir adelante
depende únicamente del esfuerzo
personal, que cada quien es responsable de su propio
destino. Esta lógica también
se ha filtrado en algunos debates feministas, donde la
lucha colectiva contra
estructuras de desigualdad se desplaza hacia el
terreno del empoderamiento
individual y las decisiones personales.
Poco a poco el feminismo puede reducirse a una
cuestión de elecciones de vida, de
autoestima o de coherencia personal. En ese proceso
aparece también una
moralización del feminismo, donde pareciera que para
ser feminista se debe cumplir
con una especie de perfección ética. Sin embargo,
cuando la discusión se centra
únicamente en las conductas individuales, se corre el
riesgo de perder de vista que
el feminismo nació como una lucha política colectiva
contra estructuras mucho más
amplias de poder.
Este pequeño recorrido muestra la complejidad de la
participación pública y política.
Si bien no son ideas nuevas, me parece importante
reconocer todo lo que atraviesa
el momento en el que se encuentra el feminismo hoy.
Porque al final regresamos a lo básico: lo personal es
político. Y seguimos
necesitando a las nuevas generaciones en el espacio
público, alzando la voz y
defendiendo sus derechos.
Las necesitamos organizándose, cuestionando,
incomodando y disputando los
espacios que históricamente les han sido negados.
Porque el feminismo no es solo
una conversación en redes ni una consigna
institucional: es una lucha política que
busca transformar estructuras profundas de poder.
Porque el feminismo nos salva de muchas formas y, por
ello, a pesar de todo, mis
esperanzas siguen puestas en él.

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