Palabras mágicas
Por: Diana Margarita López Carbajal / Licenciada en Literatura Hispanoamérica y educación secundaria con especialidad en la materia de español. Actualmente docente en el nivel medio superior y superior en una escuela privada de Chilpancingo
Mi cuerpo no soporta más esta exasperación,
mis gritos explotan en las palabras que no menciono
le miento la madre a los hombres
que me “chiflan” como si yo fuera un perro,
visto con ropa decente pantalón de mezclilla,
blusa rosa que me cubre el torso
y tenis color negro,
con la finalidad de pasar desapercibida,
mientras camino por las calles
dirigiéndome hacia el trabajo
agacho la vista para no chocar con los ojos
hirvientes,
penetrantes de cada hombre que me voltea a ver.
Subo a la combi,
tomo el valor y levanto la mirada frenética,
respiro profundamente mientras viajo a mi destino.
Llego a la universidad
y el coraje se desvanece
cuando pongo un pie en el aula.
Inhalo y exhalo,
veo sus rostros,
saludo con voz emotiva como si nada hubiese pasado,
entre risas y palabras
corren los minutos
opinamos, reflexionamos sobre distintos temas,
finalizamos los 50 minutos de clase,
llega la hora de concluir
y al final
sonríen diciéndome
“que tenga buen día, maestra”
“excelente semana, gracias”
y esas palabras reemplazan todo lo acontecido.
SANTIFICETUR
He de ser condenada
por no obedecer uno o más
de los siete pecados,
y es que esta lujuria
me invade,
siento que no termina,
mi cadáver se calcina lentamente
en el orco del abismo.
Tu cuerpo es mi santuario
cada oración que hago
es con tus dos nombres.
He de ser condenada
por no querer renunciar
a esta lascivia,
que me provocan
tus clamidos
en nuestros momentos íntimos
a los que nunca renunciaré.
Amén.
“FLORESTA DE PALABRAS”
DIANA MARGARITA LÓPEZ CARBAJAL
Sobre las líneas de este tapiz escribo tu nombre en el
otoño,
acompañado de un postal que dejé colgado en el manzano de tu jardín
con un listón color rojo, la nota dice “si decides ir al encuentro sabes que te espero en aquel lago donde jugábamos de niños a las escondidas, llega antes
de la media noche, atentamente tuya; Jade”.
Recorro el trayecto con mis pasos sigilosos, contemplo el sonido de las flores, mientras la mariposa isabelina
me rodea danzando sobre mi cabeza, sonrío, brilla un destello de breves recuerdos que hacen énfasis en aquella
quimera, quimera de larga eternidad que vislumbramos en aquella adolescencia.
Llegué al lugar tan esperado, perdí la noción del
tiempo, era media noche y el lóbrego bosque impedía que me
mantuviera allí, esperé algunas horas y el tiempo no
se detuvo, jamás llegaste al encuentro, los indicios fueron
en vano, ¡qué afán el mío por querer sentir tu
presencia, demasiado tarde! ¿Y si se perdió en el camino?
Imposible, recorrimos al derecho y al revés este
espacio...Pero...
Medité toda la madrugada sobre los vagos pensamientos
que uno puede tener en un aflictivo infortunio,
desgarré mi furia maldiciéndote, terminé rendida, no
quise saber más de mí, no me reconocía, perdí el control
sobre mis emociones, corrí y salté del acantilado,
terminé ahogada donde juramos que a los veinte años nos
reencontraríamos, llegaste, sí, pero un día después a
reconocerme, dejaste una docena de flores de margaritas,
olvidándote que mis favoritas eran las orquídeas;
cuando me abrazaste estaba fría, en la mano izquierda llevaba
aquél dije color rojo que me regalaste la primera vez que nos conocimos, rodaron sus lágrimas sobre mi cuello, pero mi cuerpo inerte ya no sentía tu calor de aquel abrazo que tanto esperé, esto sucedió en aquél veintidós de septiembre del dos mil veintidós.

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